Esta hostilidad no es pasajera ni racional. Es sistémica, arraigada en una profunda crisis de legitimidad del régimen argelino, que necesita un enemigo permanente que distraiga de sus fallos internos.
Desde su independencia, la Argelia ha construido su narrativa política sobre la guerra de liberación.
Al no haber renovado esta narrativa, el gobierno se ha atrincherado en una ideología defensiva que designa a Marruecos como el «otro» al que hay que derrocar.
Por el contrario, Marruecos encarna una monarquía histórica, una diplomacia ágil, un proyecto continental estructurante y una supuesta apertura hacia África y el Atlántico.
Este contraste psicológicamente insoportable molesta al rígido régimen argelino.
Detrás de la obsesión por el Sáhara Marroquí se esconde un sueño geoestratégico abortado: el acceso al Atlántico.
Al no tener costa atlántica, Argelia apoyó la creación de un fantasioso “Estado Saharaui” para dotarse de un corredor hacia el océano.
Lejos de ser un apoyo desinteresado a la autodeterminación, la posición de Argel se basa en un cálculo geopolítico oportunista, en contradicción con los principios del derecho internacional de la descolonización.
El régimen argelino también se niega a abordar la cuestión de los territorios orientales de Marruecos, que fueron amputados durante la colonización francesa.
Sin embargo, un acuerdo de 1961 con la GPRA preveía la negociación de estas fronteras tras la independencia.
Este acuerdo fue posteriormente incumplido.
Esta postura de confrontación se ha convertido en una doctrina de supervivencia: militarización de la diplomacia, manipulación histórica, enseñanza sesgada, propaganda estatal.
Se hace todo lo posible para presentar a Marruecos como una amenaza existencial.
La élite de seguridad argelina, encarnada por el Departamento de Inteligencia y Seguridad, ha moldeado la opinión pública a través de un adoctrinamiento metódico, borrando los vínculos históricos con Marruecos y llegando incluso a criminalizar cualquier voz que cuestione esta narrativa.
Marruecos, paradójicamente, había apoyado activamente la lucha por la independencia argelina.
Este capítulo fue borrado de los libros de texto y de la memoria oficial para no perturbar la narrativa del régimen.
En el plano internacional, Argelia se aísla: tensiones con España, enfriamiento con Francia, retirada de las estructuras regionales.
Al mismo tiempo, está financiando al Polisario con miles de millones de dólares… sin ningún beneficio estratégico.
En el fondo, esta hostilidad es un vacío político proyectado hacia el exterior.
Argelia ya no sabe vivir sin un enemigo. Prefiere el aislamiento a la cooperación con el Magreb.
Marruecos, por su parte, está trazando su propio camino sin dejarse definir por el antagonismo.
Pero un régimen que sobrevive sólo mediante la hostilidad está condenado.
La historia demuestra que sin una visión, sin un proyecto, sin reconciliación con su propia historia, la Argelia oficial está atrapada en un impasse estratégico e identitario.