En un panorama que refleja transformaciones profundas en el equilibrio de poder regional, donde la posición de Marruecos como actor clave y la realidad de su soberanía sobre el Sáhara son hechos incuestionables, algunos sectores políticos en España parecen seguir actuando bajo la ilusión de poder recuperar un tiempo pasado. A la vanguardia de esta escena está el Partido Popular (PP), con unas maniobras políticas que se asemejan más a una lucha contra el viento de la historia que a una diplomacia constructiva.
Las provocaciones del partido no se limitan a discursos puntuales y extremistas, sino que adoptan formas multifacéticas. Bajo la cúpula parlamentaria, sus diputados utilizan los mecanismos legislativos y los debates, no como herramientas para el diálogo, sino como plataformas para crear crisis artificiales y avivar divisiones. También se observa cómo convierte cuestiones puramente humanitarias en balones políticos, manejados para servir a agendas estrechas, en un intento por borrar el carácter desinteresado de estos asuntos y transformarlos en moneda de cambio dentro de un conflicto desigual.
En un contexto no menos peligroso, el partido recurre a avivar el fuego de un discurso soberanista extremo en torno a las ciudades de Ceuta y Melilla, ignorando la naturaleza compleja e interconectada de las relaciones entre las dos orillas del Mediterráneo. Este discurso no refleja una comprensión de los intereses comunes ni una visión de futuro, sino que parece un grito en el valle que intenta despertar recuerdos periclitados.
Lo más preocupante es la implicación del partido en una guerra económica solapada, donde utiliza herramientas de presión comercial y financiera como espadas dirigidas hacia la estabilidad del vecino del sur. Estas tácticas, carentes de cualquier visión estratégica a largo plazo, revelan más una tendencia vindicativa que una política exterior bien concebida.
La esencia de esta estrategia –si puede llamarse así– carece de todo proyecto diplomático real o de un deseo sincero de construir alianzas regionales sólidas. En su lugar, puede interpretarse como el resultado de una mezcla de factores: una reacción incapaz de asumir el fin de un capítulo colonial, un intento desesperado por pescar votos en batallas electorales internas y una incapacidad psicológica para asimilar el hecho de que la brújula geopolítica ha girado, y que Marruecos ya no es esa parte débil de la ecuación.
Al final, el Partido Popular, al insistir en librar batallas del pasado, no parece defender el interés supremo de España ni el futuro de su pueblo. Más bien, consagra su energía a combatir sombras e ilusiones, una nueva realidad que el tiempo ha dejado atrás y que se ha convertido en un axioma de la historia y la geografía. Se trata de una confrontación contra los hechos con métodos obsoletos, en un momento en el que la complejidad global actual exige sabiduría y una amplitud de miras que anticipe el futuro, en lugar de aferrarse a conflictos que ya forman parte del patrimonio del pasado.