A la atención del Consejo Editorial de el Confidencial
Me dirijo a ustedes no desde la hostilidad, sino desde la preocupación profunda. Como ciudadano marroquí, como figura pública, y como defensor del diálogo sincero entre Marruecos y España, me siento obligado a responder al patrón de cobertura del señor Ignacio Cembrero, cuya trayectoria, a lo largo de muchos años, ha reflejado de forma reiterada un sesgo evidente, una inclinación a la provocación, y una tendencia peligrosa a la especulación disfrazada de análisis.
Esto no es reciente. El señor Cembrero ha demostrado desde hace tiempo que ha dejado atrás el papel del periodista que busca la verdad, para convertirse en un comentarista militante, obsesionado con presentar a Marruecos como una amenaza constante. Su cobertura más reciente —acerca del supuesto “Comité para la Liberación de Ceuta y Melilla” o de una pretendida campaña de presión marroquí contra el Partido Popular— no responde a los estándares del periodismo riguroso, sino a una narrativa de sospecha alimentada sin pruebas, sin fuentes oficiales, sin contexto.
Presentar las acciones marginales de tres individuos sin vínculo alguno con el Estado como una maniobra deliberada de Rabat es simplemente falso y profundamente irresponsable. Ese comité no tiene existencia institucional, ni legitimidad política, ni respaldo oficial. Sin embargo, el señor Cembrero insiste, una y otra vez, en asociar todo lo que sea marroquí con la opacidad, la amenaza o la manipulación.
Marruecos no es una amenaza para España. Es un Estado soberano, con una diplomacia legítima, que defiende sus intereses como cualquier otro país y que busca el respeto mutuo, no el enfrentamiento. Pero en la pluma del señor Cembrero, Marruecos nunca es socio, vecino ni potencia emergente. Es siempre un enigma oscuro, una molestia a vigilar, un “otro” que hay que contener.
He respondido públicamente a varias de sus afirmaciones, con argumentos sólidos, contexto histórico y voluntad de debate. Él respondió, sí, pero solo para reafirmar su sesgo, confirmando lo que ya era evidente: su postura no es crítica, sino militante. Y, más recientemente, optó por bloquearme en redes sociales, un gesto simbólico que habla por sí solo sobre su incomodidad ante el diálogo y el intercambio de ideas.
La crítica legítima es parte del periodismo. La obsesión no lo es. Y cuando un medio permite que la frontera entre la disidencia y la difamación se diluya, corre el riesgo de dañar no solo la imagen de un país, sino la credibilidad del propio periodismo.
Con el mayor respeto, invito a El Confidencial a reflexionar sobre el impacto de sus palabras. España y Marruecos merecen una cobertura honesta, informada y responsable. Ese es el camino hacia una relación basada en la verdad y el respeto mutuo.
Atentamente,
Lahcen Haddad
Miembro del Parlamento de Marruecos
Exministro de Turismo
Rabat, Marruecos