En un decorado que parecía una copia al carbón de un cuadro demasiado familiar, Idriss Lachkar fue investido oficialmente como Secretario General del Partido de la Unión Socialista para un cuarto mandato. La ceremonia, que inauguró el duodécimo congreso nacional del partido la noche del viernes, se desarrolló más como un rito protocolario que como una contienda política genuina.
La «elección» de Lachkar, un desenlace que no encerró el más mínimo grado de sorpresa, fue rubricada por la aclamación unánime —y aparente— de todos los delegados presentes. Con este acto, se puso punto final a cualquier especulación residual sobre la voluntad del «Hermano Secretario General» de continuar al mando del partido. El panorama general careció por completo de los elementos propios de una competencia democrática: no hubo rastro de oposición, ni siquiera de una alternativa sobre la mesa.
Los asistentes no mostraron el más mínimo indicio de malestar ante esta continuidad. Por el contrario, se impuso una atmósfera de aceptación absoluta, como si el asunto hubiera sido zanjado en salas cerradas mucho antes de que se abrieran las puertas del congreso. Los procedimientos transcurrieron con una fluidez total, consolidando el patrón de gobierno unipersonal que ha caracterizado la trayectoria del partido durante años.
Esta renovación de la confianza en Lachkar plantea serios interrogantes sobre el futuro de la vida política interna del partido. Cuestiona, de hecho, la verdadera estatura de la pluralidad y la competencia interna bajo una dirigencia que no parece dispuesta a soltar las riendas. El paisaje político doméstico del partido aparece gobernado por una lógica de inmovilismo, justo en un momento donde los desafíos en el escenario nacional se acumulan.
De esta manera, el primer capítulo del congreso concluye con la ratificación de un fait accompli, un hecho consumado. Abre paso a los próximos días de deliberaciones que, previsiblemente, no albergarán en su seno nada más que la confirmación de lo habitual y la consagración del método establecido. La incógnita que persiste es si esta fachada de unanimidad podrá sostenerse indefinidamente frente a las complejidades crecientes que afronta el país.