Por qué es un error de Trump erosionar las relaciones con Modi en un contexto de competencia y conflictos?
El mundo multipolar se fortalece y Washington no sabe responder.
En el ajedrez geopolítico del siglo XXI, pocas piezas tienen el valor estratégico de India. Con más de 1.400 millones de habitantes, una economía en rápido crecimiento y una tradición diplomática que oscila entre el no alineamiento y el pragmatismo realista, Nueva Delhi se ha convertido en un actor imprescindible para entender el presente y el futuro del orden internacional.
En este contexto, dañar la relación bilateral entre Estados Unidos e India, como ha dejado entrever Donald Trump en algunos de sus posicionamientos, sería mucho más que un error táctico: sería una concesión estratégica de proporciones históricas, especialmente en un momento de conflicto abierto con Pekín y Moscú y de consolidación de un mundo multipolar.
Desde su independencia en 1947, India ha practicado una política exterior basada en la autonomía estratégica. Durante la Guerra Fría, fue uno de los líderes fundadores del Movimiento de Países No Alineados, buscando mantener distancia tanto de Washington como de Moscú. Sin embargo, el colapso de la Unión Soviética, las reformas económicas de los años noventa y el ascenso de China obligaron a Nueva Delhi a replantear su lugar en el mundo.
Hoy, India combina relaciones históricas con Rusia, principal proveedor de armamento con una creciente cooperación militar y tecnológica con Estados Unidos, Japón y Australia a través del “Quad”. Este equilibrio inestable le permite maximizar beneficios y reforzar su posición como potencia autónoma en un sistema internacional cada vez más fragmentado.
La principal motivación de Washington para estrechar lazos con India radica en el Indo-Pacífico. El ascenso de China como potencia naval, su militarización del Mar de China Meridional y sus ambiciones en el océano Índico han reconfigurado las prioridades estadounidenses. Frente a esta expansión, India se presenta como el único actor regional con suficiente peso demográfico, geográfico y militar para contrarrestar a Pekín sin depender exclusivamente de la proyección de poder estadounidense.
El conflicto en Ucrania ha complicado la ecuación. India ha mantenido una postura ambigua: no ha condenado abiertamente a Moscú, pero tampoco ha roto puentes con Occidente. Washington ha tolerado este equilibrio, entendiendo que una ruptura abrupta empujaría a Nueva Delhi a reforzar su alianza histórica con Rusia. Si Trump adoptara una posición hostil hacia India ya sea por disputas comerciales o por diferencias en política exterior, el resultado sería una mayor convergencia indo-rusa, con consecuencias negativas para la estrategia de contención a Moscú.
La emergencia de un mundo multipolar con China, Rusia, India, Brasil y otras potencias regionales reclamando un papel más relevante, obliga a Estados Unidos a competir por el liderazgo en el Sur Global. En este tablero, India es un puente: comparte el lenguaje político del desarrollo, la narrativa de soberanía frente a las potencias tradicionales y el peso institucional en foros como el BRICS o el G20. Perder influencia sobre Nueva Delhi significaría ceder terreno a Pekín en la batalla por las percepciones y las alianzas en África, Asia y América Latina.
La rivalidad tecnológica entre Washington y Beijing también se juega en territorio indio. Multinacionales estadounidenses han comenzado a trasladar parte de su producción desde China hacia India para diversificar riesgos.
El país asiático ofrece no sólo mano de obra joven y calificada, sino también un mercado interno gigantesco. Romper la sintonía política pondría en entredicho estas inversiones y obligaría a buscar alternativas menos eficientes o más costosas.
En tiempos de polarización global, con una guerra en Europa del Este, tensiones crecientes en el estrecho de Taiwán y un sistema internacional que transita hacia un equilibrio de poder múltiple, Estados Unidos necesita aliados que no sólo compartan intereses coyunturales, sino que tengan el peso suficiente para influir en la configuración futura del orden mundial.
India, por su posición geográfica, su potencial económico y su influencia en el Sur Global, es uno de esos pocos socios estratégicos imprescindibles. Dañar la relación ya sea por una visión cortoplacista del comercio, por diferencias políticas o por subestimar su valor, no sería sólo un error diplomático: sería una concesión directa a Beijing y Moscú en la disputa por el siglo XXI
La prudencia geopolítica dicta que, en un mundo multipolar, los vínculos con potencias intermedias como India deben cuidarse con el mismo celo con que se preserva una alianza militar tradicional.
Lo contrario es abrir la puerta a un reacomodamiento global en el que Estados Unidos podría encontrarse, por primera vez en décadas, jugando a la defensiva